martes, 7 de julio de 2009

sin inspiración

Soy el escrito acabado, el que ya se rindió de trazar líneas ficticias, aquel que finge saber distinguir de una verborragia y parcas palabras. Me siento frente al ordenador forzando líneas, trabando gerundios y convirtiendo ideas en mi lienzo imaginario, ¿para qué?
No sé porqué escribo. Tal vez para desahogar la mayoría de mis penas, para acallar este sentimiento de frustración o para disimular los miles de besos que quisiera darte. Creo que ese es el más aproximado: escribo por tí, niña de la dulce mirada, escribo para agradarte, escribo para que sepas lo que siento por tí, escribo para que en algún momento recapacites y me mires y me digas que no has olvidado esa promesa, que aún me esperas y llevas en la derecha mi relicario, en la izquierda mi corazón y en tus labios mi razón. Retumbo entre paredes emuladas a gran castillo imaginario donde tú, bella princesa, gobiernas todos los designios de este maldito vecindario de pasiones mal disimuladas, donde tú eres la ágil protagonista y yo el torpe galán, el que quiere tomarte de la mano y llevarte, el que se ve siempre opacado por su propio miedo.
Miedo.
Miedo es mi segundo nombre. Le temo a tus labios, rosados y lozanos, le temo a tus manos, perfecta y esmeradas, le temo a todo tu ser, señorita designio, la que con un te quiero me derretiría el mundo y me haría el más feliz, la que regala sus besos a otros, la que desperdicia suspiros en tipejos que no la quieren de verdad, que no la miran de reojo cada mañana, que no sienten el hálito de omnipresencia en el aire cuando ella ríe y hace bello el mundo.
Definitivo: escribo por tí. Pero me estoy secando de palabras. Ya no sé decir te quiero porque hace tiempo me relegaste en el desván del olvido. Sólo pido te acuerdes un día, de este loco enamorado...



..me siento agotado. Creo que tendré que dejar de escribir por un tiempo hasta encontrar la pieza que falta. Mi búsqueda es grande y va más allá de una sonrisa (que lo llena todo), va más allá de un libro perdido (entre las arenas de tu indiferencia), va más allá de mi entendimiento...
No soy ni podré ser como esas personas a las que admiro tanto, no podré escribir eternamente textos tan geniales como Eterna o concentrar rayos del mundo como Alhy en sus cuatro blogs. No podré siquiera emular la ternura y picardía de Dara Scully, ni mucho menos la frescura de Call me Juliet. Puedo intentar perderme en Tokio para hallar a Mer entre lobos y vampiros, o buscar en setiembre a NiZa_PoLyEtHyLeNe, tan cruda y a la vez tan conmovedora. Podría empezar todo un proyecto, como Elena, o buscar príncipes con Chocolate mientras yo ando en busca de mi camino, de aquel del que me extravié, donde la niña me hacía sonreir, casi tanto como lo hace Jud, casi tanto como lo hacen muchas personas más que si siguiera extendiéndome este post sería interminable, como le gustaría a Bastian...
Se agradece a todos los que alguna vez leyeron un pedacito aquí, se agradece de verdad, yo seguiré visitándolos pero no sé cuando pueda volver a visitarme a mí mismo...

domingo, 5 de julio de 2009

1.1

Sofía recordó claramente mientras le daba el sí a Gonzalo el momento en que Gabriel la besó por primera vez.
Fue de esos momentos rarísimos que no encajan ni en lo romántico ni en lo patético. Era martes y ella salía temprano de la oficina, cosa rara cuando trabajas en un banco multinacional. Las calles lucían peligrosas no por los ladrones disimulados entre peatones y compradores, sino por lo agresivo del ambiente: eran fiestas y todos andaban alborotados. Chicas esperando a sus príncipes azules, gavilanes pensando a que pobre flor se levantarían esta noche y niños emo paseando juntos pero solos a la vez. Las señoras los señalaban con mirada de reproche y casi todos se pegaban a ella, o por lo apretado de las calles del centro o por simplemente tocarla.
Sofía se cansa mucho de este país donde todo es sexo, donde los periódicos más vendidos tienen calatas en su portada y donde los hombres son cerdos machistas con ganas de follar, ver el fútbol a pesar de que nuestra selección es una de las peores del mundo, chupar hasta morir y nada más. Ya no hay hombres románticos, o si los hay, a ellos también le gustan los hombres. Mira alrededor y entre tanta gente sonríe, de esa forma en que la vió Alejandra muchas veces: esporádicamente y esfumándose rápido. La chica que baila sola en los callejones, la que se encomienda a Dios cada mañana al mismo tiempo que atrapa al sol en una jaula dibujada en la ventana, ella está triste y se siente decaida.
-Espero no demorarte mucho.
Ella volteó y esta vez la sonrisa duró mucho más, casi toda una vida. Gabriel estaba con la misma camisa eterna y la sonrisa sincera en aquel rostro de niño. Él recordaría ese momento como el primero en que se sintió como los humanos, en el que de verdad podría dejar una cruz por dedicarse a una familia y a ser feliz. Estaba en su ropa de trabajo pero el sentía que ella tenía un vestido verde, de ese color que le sienta tanto, y que nadie más existía, ni siquiera ese señor que gritaba 'los amarres' ni las chicas bonitas que repartían publicidad de Movistar. La tomó del brazo y por primera vez sintió el tacto de una mano humana, al tiempo que la guiaba entre la multitud inconciente hacia el único lugar donde se sentía a salvo.
La catedral era inmensa y Sofía detestaba las iglesias por ese olor a muerte. Fue en esa misma iglesia donde hizo su hipócrita confirmación y donde aprendió que nunca se habla en misa. Su abuela, devota a muerte de la Virgen de Chapi la obligaba a asistir todos los domingos, así la Mamita estuviera en su templo, así la pobre se quedase medio dormida con el sermón del padre Salcedo. Que si fuera un retratista haría obras, que si fuera un buen artista lograría conmover y no aburrir a una pobre niña que gracias a esa obligación aprendió a odiar las iglesias, inclusive aquella que es la catedral más hermosa del país.
Y a su abuela no le interesaba su aburrimiento. A doña Susana no le interesaba que su nieta prefierese quedarse a jugar con amigos imaginarios, no no, a ella le interesaba inculcarle la fe de su Señor, le interesaba que su pequeña fuese admitida en el maldito cielo donde ella nunca entraría por culpa de sus miles de infidelidades. Y es que doña Susana, tan respetable en el barrio, vivía enamorada de una hombre que nunca podría tener: su hermano José, el tio abuelo de Sofía.
Ella aún tenía dieciocho cuando se dió cuenta que solamente suspiraba por el último varón de la casa. José estudiaba en el Independencia y llegaba siempre tarde a casa por culpa de las chupas y los partiditos de futbol en los que se perdía. Era liberal total. No respetaba la autoridad y aprobaba de forma maravillosa a pesar de tener sus textos de universidad intactos, tal como se los compró su padrino. Era astuto y despreocupado: vivía el momento, con un sol en el bolsillo y una estrella de la suerte en el firmamento. Todas las chicas del barrio se morían por él y tal vez ese fue el inicio de la pasión secreta de la pobre Susana que aún no tenía nada de doña.
Susana escribía en secreto pedazos de versos, cadenas de palabras ensartadas en garabatos y dibujos alusivos mientras echaba las ganas a la imaginación y pecaba de pensamiento, lo peor según las monjas de su santo colegio. Escribía tanto como lo haría su nieta en el futuro, y ambas escriben con el mismo motivo: descargar la mente, liberar el alma.
Susana soltaba todo el amor del mundo en latinajos espléndidos, en parcas palabras que nunca caían en la verborragea del que mucho abarca. Al contrario, llegaba al climáx rápido y podía demoler cualquier concepto predefinido en esos escuálidos folletitos de amor que vendían en la plaza a cincuenta céntimos. No sólo eso, se los sabía todos: conocía las inspiradas 'eres la risa verdadera entre tanta mentira' tanto como las comunes 'me completas', 'contigo me siento feliz' y la más trillada 'te quiero como a nada en el mundo' Era tanta la inspiración que pronto sus primas cucufatas empezaron a hacerle pedidos románticos, pequeñas esquelas redactadas para los correspondidos.
Lógico que Susana aceptaba soltar todo el amor contenido por su hermano y regalarlo para que otras personas sonriesen pero fallo en algo tremendo: a las mujeres les gusta la poesía, a los hombres, y en especial los de su época, les parece cosa de maricones. Es por eso que ninguna esquela funcionó, es por eso que todas pensaron que Susana debía ser la peor escritora del mundo y la apartaron como sólo las chicas saben hacer: dejando de hablarle de a poquitos hasta ignorarla como si nunca hubiese existido.
José era indiferente a tanta acción entre las mujeres del barrio, hasta que un día encontró un papelito botado, de esos que casualmente uno patea y esconde debajo de algo para no sentir la culpabilidad de estar dejando sucio el suelo, pero no, esta vez lo recogió y lo leyó. Y no creyó lo leido y los ojos lo recorrieron mil veces y nunca lo creyó, ni siquiera cuando Susana vino con la noticia de que estaba embarazada y que tendría que casarse ni cuando Susana misma se lo revelase años después. Nunca creería en toda aquella ternura depositada en un pedazo de papel de esos de enero, no creería en esas letras volátiles donde el 'te amo hermano mío, así sea pecado lo seguiré haciendo, así me lleve el demonio, así me condene para siempre' sonaba falso, sonaba fingido, casi como literatura forzada, como pájaro enjaulado que canta fingiendo ser feliz.
Fue en ese momento en donde se dió cuenta Gabriel que todas las mujeres de esa familia tenían el sufrimiento grabado en el alma.

domingo, 28 de junio de 2009

Del precio de las miradas

A la mirada, fiel reflejo del alma, se le atribuye el poder de expresar toda clase de emociones. Con la mirada puede un ser humano dar a conocer sentimientos tan antagónicos como amor, odio, dolor, simpatía, envidia, crueldad o placer. Explica la ciencia que el ojo no es más que un elemento adicional de la expresión facial en general y que los cambios observados en la mirada son solamente una ilusión, porque dependen de las modificaciones musculares de los tejidos vecinos. Lo que intentamos averiguar- prosigue el científico,- es si el ojo humano es capaz de emitir un rayo, una onda, una fuerza que penetre en un organismo para provocar lesiones o enfermedades. Deseamos encontrar esa energía, esa fuerza cósmica que origina el mal de ojo y logra que regimientos enteros se paralicen, que los animales retrocedan, que la naturaleza cambie.
Y los líderes le hicieron caso. Robert Watson-Watt obtuvo el financiamiento deseado para lograr su gran sueño: el rayo de la muerte.
Trabajó día y noche junto a su fiel ayudante Arnold Wilkins, buscando esta arma definitiva, este mito aún no nato. Se devanaba el cerebro no pensando en su hijo que serviría pronto para enfrentar al puro pueblo nazi, ni mucho menos en que su esposa estuviera enferma de gravedad en el hospital; se devanaba pensando en como lograría crear un arma capaz de contrarrestar los efectos del rayo de la muerte alemán.
Muchas teorías surgieron en contra de este. Arquímedes enfrentó al vasto imperio romano durante el sitio de Siracusa con escudos pulidos: usándolos para reflejar el sol en ellos, logró hacer arder los barcos en cuestión de segundos. ¿Sería acaso ésta, el temible arma alemán.
No dormía. Todos los días trabajaba en su laboratorio investigando y replicando las circunstancias necesarias para crear un arma tan monstruosa. Intento manejar a los seres vivos a través de una fuerza novedosa que tal vez sería responsable de escribir el destino: la radiación. Trató de manipularla para lograr hacer perecer a los entes con sobredosis de calor y llegó a utilizar cierto concentrado de hierbas que según sus dueños eran capaces de echar el destino por la borda y desaparecer el elemento nombrado a cambio de una dosis equivalente.
Valiente el hombre, probó estas hierbas que luego su ayudante identificó como euforbio. Wilkins creyó haber descubierto la panacea universal, la hierba mágica capaz de sanar todo tipo de enfermedades: desde heridas de balas hasta hemofilia, desde pericarditis constrictiva hasta el cáncer. Fue en ese momento en que apareció el chico sin identificación, fue aquel momento en que se decidió (como en muchas ocasiones similares) el destino del mundo.
-¿Por qué tanta preocupación? El destino ya está escrito, no puedes cambiar las muertes ya predestinadas.
-¡Sí puedo! Debo hacerlo, debo poner mi grano de arena e inclinar la balanza.
-Date cuenta: los alemanes no han perdido ni la más mínima batalla. Está a punto de dominar Europa entera y no los detienen aún.
-Debo continuar. Si no lo hago, ¿cómo vivirá mi mujer?, ¿quién cuidará a mi hijo?
-No te creo. Si te importaran un poco más, la visitarías en el hospital y lo cuidarías de verdad. Dime, ¿es tanta la ambición de figurar en la historia?, ¿es tanta la presión de ser una hoja en el libro de los héroes inauditos?
-…
-Vamos, no seas tan modesto. Todos somos ambiciosos.
Te propongo algo. Yo te doy el secreto y tú pagas el precio.
-¿Qué?
-Tu esposa morirá porque es muy débil y tu hijo no llegará a ver París liberada. Serán carne de batalla.
-¿Quién eres? ¿por qué haces este trabajo tan cruel?
-En realidad nadie hace trabajos crueles. Solamente hacemos lo que el Señor nos ha encomendado.
-¿Estás diciendo que Hitler…?
-Yo no tomo el lado de nadie, sólo soy un mensajero que viene a ofrecerte el fin de la guerra. Es la vista de la Gorgona la que paraliza y que puede darte la gloria eterna en la historia de la ciencia bélica, o es la felicidad efímera junto a tu esposa a punto de sanar y tu hijo como soldado héroe. Tú escoges.
-¡Estás demente!
-No, no lo estoy.
-Nadie puede escoger entre esas cosas.
En realidad si se puede, y te sorprendería la cantidad de personas que tienen el destino del mundo en sus manos. Verás, todo empezó con este loco barbón al que llamaban el Cristo y siguió con muchos héroes más, unos que sacrificaron un valor equivalente por el mundo: sus pasiones, sus sueños, sus familias…

Silencio. El laboratorio ya no parece tan grande ahora.

-¿Por qué mientes?

Ahora Gabriel está sorprendido.

-Yo nunca miento. El Señor no me lo permitiría y no está en mi naturaleza.
-Sé que lo que dices es cierto. Hablas con total seguridad pero veo el fuego escaso en tu mirada, veo apagarse tus esperanzas, como algo que esperas y nunca llega, como alguien en el puerto que espera el barco hundido hace un mes. He estudiado el alma humana para hallar el secreto de la mirada, para entender qué es ese flujo misterioso que emana, que transmite. ¿Cómo expresan los ojos amor y odio al mismo tiempo? Nadie lo sabe y sin tu ayuda lo averiguaré, pero conozco esa mirada y es la del vacio que nunca se llenará, que nunca ha existido y que no sabes qué demonios es.

El escenario se cae, Gabriel se hunde en desesperación y desde su nacimiento, que coincide con la creación de este mundo, esta es la primera vez que no sabe que hacer.

-Eres la escoria que trata de ocultar su soledad en aquella sonrisa lánguida, en aquellos ojos celestes artificiales, en aquella aura de perfección. No me importa que el destino del mundo descanse en mis manos, sé que tomaré la decisión correcta, más me intriga cómo podrás seguir adelante creyendo que haces bien al descubrirnos a la luz del día cuan horribles somos, cuan egoístas y malvados podemos llegar a ser.
-…
-…
-Espero a alguien que no llega.
-¿Cómo sabes que llegará?
-Me lo dijo el destino hace casi dos mil años. Sé que llegará.
-No hagas de alguien tu única esperanza para abandonar esta existencia.
-No tengo otra opción, el Señor nos obliga a cumplir nuestros destinos, queramos o no, y el mío es ser mensajero de sus malditos designios, aunque no entienda el porqué de algunos, aunque cuestione la moralidad de otros.
-Todos somos libres. La Sabiduría ya llegará para ti.
-Gracias doctor.
-Olvídalo, ya sabes mi elección.



Y aunque nunca descubrió el rayo de la muerte,
si sentó las bases para desarrollar el radar…




PD: Disculpen la ausencia y el texto tan pobre. Me he cuestionado realmente mucho estos días y aún no quiero hablar de esos pensamientos tan perturbadores, así que tomé uno de mis temas favoritos :D